Capítulo 1
1
La vida y la muerte
pueden estar definidas por un simple reconocimiento y Hailee lo comprendió
cuando identificó a sus captores, o por lo menos a uno. Pero era lógico: dónde
estaba uno estaban los otros dos. Así que saber quiénes eran, por lo visto no
le iba a salvar la vida.
Estaba encerrada,
estaba segura, en una especie de bodega, o cuartito pequeño porque no escuchaba
nada. Apenas su propia respiración. ¿Cuántas horas llevaba allí? más de diez,
seguro. Tenía hambre y su última comida había sido justo después del ensayo en
el ático, a las dos de la tarde.
La mordaza en la
boca, la venda en los ojos y las ligaduras de pies y manos (éstas detrás de la
espalda), le ardían, pero ¿Qué podía hacer? Ellos, sólo le habían hablado lo
necesario. Amenazas más que todo.
La venda de los
ojos estaba socada, pero, en un segundo, o microsegundo había tenido la
oportunidad de ver algo. Y ese algo la había llenado de esperanzas, pero sólo
por unos segundos. No podía ser, le decía su cerebro. Pero estaba segura. No
podía estar engañada.
De eso, de ese
algo visto, habían pasado muchísimo tiempo ya, o al menos su conciencia le
decía eso. Esperaba el desenlace. Y esperaba que fuera favorable. Sabía que era
un secuestro, porque la forma como la habían sacado de su propia casa, por la
puerta trasera, amordazada y a gran velocidad, no era para otra opción. Sólo
una vez la habían golpeado durante el trayecto, pero con esa vez había bastado.
La mujer, porque
estaba segura, ahora que había visto aquello, eran dos hombres y una mujer, le
había dicho que se mantuviera en silencio si no quería morir allí mismo. Era
una voz de mujer ronca, modificada por algo en la garganta, pero latina. Y no
es que fuera por allí revisando acentos, pero si había escuchado los
suficientes como para comprender las palabras de uno u otro idioma. Frecuencia de uso le llamaban en la
universidad, en la clase de lengua. Y aquellas palabras: cállate o mueres
dichas con aquel sintetizador eran típicas de los latinos. Quizás, sin ser
racista, nunca lo había sido, pertenecían a una mexicana. Y lo eran, ahora que
había visto aquello.
Toda la tarde,
como era su costumbre, cuando estaba en casa, la pasó ensayando la nueva
canción. Era buena. Estaba segura y sus gritos, como les llamaba su madre,
estaban siendo amortizados por las paredes insonorizadas del ático. Allí,
sentada sobre su silla especial de música, y su guitarra, también de música,
entre el regazo, repetía una y otra vez las tonadas para darles su mejor
sonido. Y cuando llegaron las tres de la tarde, sintió hambre. Bajó a la
cocina, pasando por la segunda planta, y se instaló enfrente del refrigerador
con una bolsa de pan, jamón, lechuga y tomate entero.
Estaba sola, sus
padres y su hermana, volverían hasta las cinco, después del recital de piano de
la pequeña Morgan. Así que tenía, para sí sola, toda la casa. Aunque si lo
miraba bien, no sabía para qué.
Se preparó el
sándwich, lo comió y volvió a subir a su estudio de práctica. Apenas llevaba
tres minutos tratando de decidir si utilizar aquella variación de alto en do
mayor o menor con las notas de la guitarra y su voz cuando la puerta de su
pequeño estudio se vio abierta de par en par y en menos de lo que dura un susto
de esos que sacan de la realidad, una aguja le estaba atravesando el cuello.
Droga para dormir. Hoy en día, pensó más tarde, nadie usa el cloroformo de los
años ochenta.
Mientras la droga
se dispersaba por su sangre hasta llegar a los centros adecuados del sueño pudo
sentir como su guitarra caía al suelo produciendo ese característico sonido de
cuerdas y madera contra el piso. Y es raro lo que recuerda uno cuando suceden
estas cosas. Se dañará la caja de resonancia, pensó. Luego, unas manos se le
metieron por las axilas y otras la tomaron por las piernas hasta suspenderla.
Recordaba, de su infancia esa sensación de estar siendo elevada del suelo y
luego cargada por la casa en brazos de mamá, o papá, pero ahora era distinto.
Alguien, se la estaba llevando hacia algún lugar.
Recordaba,
también, escuchar algunas imprecisiones de la mujer, quien parecía, o al menos
en ese momento le pareció, llevar la voz cantante en todo aquello. En ese
momento escuchó decir algo así como: no dañar la mercancía. Mucha película,
pensó antes de caer en la inconsciencia. Pensó que, en ese justo momento, sus
captores, bajaban por las gradas que llevaban a la cocina. Pero ella, en ese
momento, ya no tenía hambre.
Cuando abrió los
ojos de nuevo estaba, ya, sentada sobre aquella silla, con las manos, la boca y
los ojos maniatados. Así que en realidad no abrió los ojos: lo intentó hasta
sentir que la mordaza le dañaba los párpados.
Miedo, angustia,
terror… asfixia. Sintió de todo en ese momento y comprendió la situación:
alguien la había sacado de su mundo cómodo y la había llevado lejos de su
hogar. Y lo peor de todo: no sabía para qué. Trataba de agudizar su oído a
medida que pasaban los minutos, pero sólo lograba escuchar el latido,
aumentando de volumen, de su corazón.
Quería llorar,
pero algo en su interior, pánico, o algo parecido, no la dejaba. Era como
querer reír y llorar al mismo tiempo. Desconsuelo. Su vida, lo sabía, pendía de
un hilo. Vivir o morir es una cuestión de suerte cuando alguien más tiene tu
vida en sus manos.
El tiempo, como
sucede siempre parecía ralentizarse. Un segundo se le hacía una eternidad en
aquella posición incómoda, pero como las lágrimas y la risa (quizás, pensó, era
un efecto de lo que le habían inyectado en el cuello) también se le hacía
corto. No sabía si la iban a matar, a dejar vivir. Allí sólo había dos
opciones, no una tercera.
Un secuestro,
pensó esperanzada: esto es un secuestro. Seguramente, ahora mismo, están
negociando un rescate con mis padres. Porque, ahora mismo deben ser las ocho, o
las nueve de la noche.
Pero el tiempo, a
solas, con sus pensamientos y el corazón latiéndole como tambor muy cerca de
los oídos, no se aceleraba los suficiente como para el posible rescate. A
veces, le parecía escuchar, además de sus propios latidos, ruido al otro lado
de donde fuera que estaba. Había tratado de ver a través de la oscuridad de la
venda, pero no había conseguido más que un leve mareo y un poco más de
desesperación si es que esto era posible.
El miedo, la
sensación de que la vida, en cualquier momento será cortada de raíz le caminaba
por toda la cabeza, y le hacía pensar en esas cosas que había dejado de hacer,
de decir, o simplemente proyectos inconclusos. Sueños nada más.
Había escuchado,
como todo ser humano adicto a las películas y algunos libros que cuando uno va
a morir, toda la vida pasa por enfrente de los ojos. Pero ella sólo tenía
miedo. Miedo de los ruidos, se su propia respiración y de lo que podría seguir
a continuación.
Cuando escuchó
ruidos a su izquierda, instintintivamente, aunque no pudiera ver, volvió su
cabeza hacia allá. El corazón comenzó a latirle con más fuerza y la respiración
se le alteró por el miedo.
Esa fue la primera
visita y cuando a uno de ellos le dio por darle un tirón del cabello. Sospechó
que se trataba de la mujer, quien parecía ser la más cruel del grupo. Sintió,
sobre la nuca ardor, pero no fue comparado con el dolor de la espalda al rozar
contra el duro respaldo de la silla donde estaba sentada. Trató de quejarse,
pero la mordaza de la boca se lo impidió dejándole con el simple consuelo de
apretar los ojos y sufrirlo con estoicismo.
Aquel jalón,
doloroso, fue rápido y con ambas manos de quien fuera quien se lo había
proporcionado. No hubo más ruidos durante unos segundos, y cuando los hubo se
enteró que su venda de los ojos se había movido un poco y que podía ver, unos
milímetros hacia abajo.
Aspiró, por unos
breves segundos el olor característico de la mariguana. Quien fuera había
fumado.
Fue en ese momento
en el cual vio lo que le dio esperanzas, pero al mismo tiempo la llenó de
dolor, pánico y aceptación. Era un simple tatuaje, en la mano de alguien que le
propinó un golpe sobre el estómago. Era una diminuta araña de colores azules,
que ella conocía muy bien.
Media hora
después, a empujones bestiales, porque ella no estaba acostumbrada a aquello
fue llevada por un lugar al cual no tenía acceso. Se cayó varias veces en el
suelo porque nadie la jalaba ni la guiaba y chocó, ante las risas de los
captores, y la sangre, inevitable comenzó a bañar su rostro y sus rodillas.
Comenzó a llorar
cuando escuchó el objetivo de aquella caminata: muerte. Uno de los tipos
mencionó:
—¿Dónde?
—Donde sea
—respondió otro.
Entonces, pensó,
no llegaron a ningún acuerdo con mis padres. Moriré irremediablemente.
Fue introducida en
un automóvil y alguien le dio un golpe en la frente con algo en la frente y
millones de luces diminutas se ubicaron sobre sus ojos y se dejó caer
desvanecida. Ni siquiera sintió dolor. Simplemente cayó.
En el automóvil,
la mujer que manejaba dijo sonriendo:
—Sonó como piñata
de pueblo.
—¿Estás seguro de
que está muerta? —preguntó el que iba sentado a la derecha.
—Con eso podrías
matar un cerdo —respondió el de la izquierda.
—¡Mierda! —exclamó
la mujer del volante— Se está manchando el asiento del automóvil. Saquen a esa
perra de aquí.
—Aquí no —dijo el
mismo que preguntara si estaba muerta —avanza unos kilómetros más, sal de esta
zona. En la 405.
—¡Se está vaciando
aquí! —dijo el de la izquierda.
—¿Ambos tienen
guantes?
Asintieron.
El auto era negro
y a esas horas de la noche, apenas circulaban otros coches, pero los había.
Las luces del auto
se perdieron por las intermitentes calles del bulevar Ventura. Y antes de que
llegaran a la 405, la mujer detuvo el auto justo junto a un grupo de pequeños
pinos que crecían en la intersección de una calle con otra y donde un rótulo de
un metro anunciaba: entrada libre a la 405.
—¡Déjenla aquí
antes de que empiece a gotear el maldito auto!
En ese momento, no
había ni una sola alma, pensaban ellos, en el lugar. Miraron hacia todos lados,
sólo de la 405 se escuchaban, y veían, de vez en cuando los parpadeos de las
luces. Pero allí detrás de los árboles nadie les veía.
Abrieron la puerta
de la derecha, y sin detener la marcha, y entre ambos, resollando y respirando
con fuerza la lanzaron al pavimento, muy cerca de la orilla de la calle. Allí,
el cuerpo inmóvil de la muchacha, como un tronco lanzado con violencia, dio
varias vueltas antes de caer sobre el asfalto y quedarse quieta muy cerca de la
orilla, allí donde comenzaba el bordillo y un espacio de tierra amarilla.
—¡Vámonos a la
mierda! —dijo la mujer arrancando apenas se cerró la puerta del auto.
El cuerpo de
Hailee Beatriz Smith Medow de veinte años, residente de Tarzana, quedó quieto
sobre la orilla de la calle mientras a su lado, la vida, a las dos de la
madrugada parecía detenida y rota, sólo de vez en cuando, por uno que otro
automóvil que pasaba a escasos metros de ella.
El único
movimiento visible, para el curioso, si alguno se hubiera dignado a acercarse,
era la sangre, que, a borbotones intermitentes, salía del costado derecho de la
frente. Allí, como un río sin contención la sangre brotaba sin cesar, formando,
sobre el asfalto diminutas líneas rojas, a aquellas horas de la fría madrugada,
simples líneas negras.
Pasaron un par de
minutos, y la muchacha, con las ligaduras aun en su cuerpo: mordaza en la boca,
en los ojos y en las manos (por detrás), se movió, apenas. El movimiento fue
lento. La sangre de la frente se le metía por entre las fosas nasales y muy
pronto si no cambiaba de posición (había caído de costado con el rostro sobre
el pavimento y seguramente se había fracturado un par de huesos y los más
seguros los de la nariz) dejaría de respirar, porque la mordaza sobre la boca no
se había movido ni un ápice durante el movimiento de caída. Estaba fuertemente
atada a la parte trasera de su cabeza, enrollada entre su cabello negro y muy
bien cuidado; ahora apelmazado y cubierto del líquido rojo y el sudor.
Trató de moverse
para despejar las fosas nasales, pero no podía moverse. Le dolía todo el cuerpo
y apenas era consciente de sí estaba viva o muerta. Aunque por el dolor podría
jurar que aún, el alma, se sujetaba a los rincones de donde se sujeta al
cuerpo.
Trató, con lo poco
de consciencia que le quedaba, de escuchar algo, pero los oídos, parecían haber
perdido, también, como las sensaciones de su cuerpo completo, las competencias
básicas parar lo cual estaban en su cuerpo.
Recordó, el sonido
terrible que su cerebro había producido en el momento en el que algo durísimo
chocaba contra el cráneo. Estaba segura de haber escuchado, como se rompía la
cáscara, llamada hueso que protegía al invaluable órgano en los segundos antes
de caer en la inconsciencia.
“Adiós, papá,
mamá, hermanita” pensó con sumo dolor y pesar mientras trataba, inútilmente de
volverse para no seguir recibiendo el caliente líquido llamado sangre sobre sus
fosas nasales.
Pero aún, no veía
esa sucesión de eventos que esperaba ver, que decían ver, antes de morir las
personas. La vida pasando ante ella antes de morir.
Le pareció, por un
momento, escuchar, sentir vibrar el suelo, y entre sus cerrados y apretados
ojos, ver una luz, escuchar un sonido, sentir una vibración sobre el asfalto.
Pero no sucedió nada. El mundo parecía haberse quedado sin sonidos, sin
vibraciones, sin sentidos.
Dejó de luchar. Le
dolía todo el cuerpo, pero muy pronto, lo sospechaba, todo aquello acabaría.
Moriría allí, y al otro día, porque estaba segura que era de noche, aunque la
última luz del día la había mirado a las tres de la tarde, alguien, quizás el
carro de la basura que pasaba los martes, porque recordaba que aún era lunes
cuando aquello sucedió, la encontraría. Avisarían a sus padres, a la policía y
luego todo se perdería en el olvido. Sería un muerto para las estadísticas.
Nada más. Sus padres la encontrarían, la llorarían y luego, como es normal, la
enterrarían.
Hailee, sería una
simple mortal, soñadora, cantante, actriz, arrancada de las manos de la vida,
por alguien a quien ella, un día aciago, de hacía años, había creído amar.
Sólo habían pasado
veinte segundos, calculó, desde que la tiraran allí, pero para ella era una
torturante eternidad. Le pareció escuchar algo, unos pasos detrás de ella, y un
golpe sordo.
Sospechaba
que sus captores, quizás, habían considerado matarla de una buena vez.
Comentarios
Publicar un comentario