Capítulo 2



2
“En cuanto llegues a la estación de buses me hablas y voy por ti”
Descendió del autobús, después de varios días de viajar por tierra y por varios países. Todo en regla, permisos de la embajada con el límite de seis meses para estar en el país. Miró hacia todos lados y descubrió, con poca sorpresa, que aquellos parajes no eran distintos de muchísimos otros. Llevaba en el camino más de un mes y habían dejado de sorprenderle, hacía muchas estaciones ya, los lugares. Todos eran simples lugares donde las cosas estaban puestas para parecer bonitas, y el fondo guardaban las mismas esperanzas y tristezas de todo el mundo. Esperanzas de algo mejor.
Había salido de Honduras, con el objetivo de mejorar su vida, como miles de personas más en un mundo de migración permanente, a inicios del nuevo año y ahora, a inicios del segundo mes ponía, los pies en Los Ángeles.
A veces, durante esa larga travesía, todo en regla, con pasaporte y algo de dinero en los bolsillos, trataba de imaginarse las penurias por las cuales pasaban miles de personas tratando de llegar al país del norte. Penurias traducidas en: hambre, frío, temor a los delincuentes (“seres humanos” que como rapaces animales acechan a sus congéneres con el objetivo de aprovecharse de ellos como los buitres sobre la carroña). Él, gracias a Dios, como decían en el pueblo del cual provenía, no había tenido que pasar por todo aquello. No. Él había tenido la oportunidad de conseguir visa, con permiso por medio año, juntar algunos miles de dólares para hacer el viaje en avión. Se había decantado, al final, por autobuses porque quería conocer, también, de primera mano, la situación, no tan real (la real era la de los de a pie y sueños de llegar a un lugar desconocido), de las personas que hacían ese largo viaje al norte con su maleta de sueños.
Todo, a medida que había ido avanzado en el trayecto, se le había aparecido en distintos aspectos. Pero al final sólo había gente. Gente llena de sueños. Sueños rotos o incompletos tratando de vivir su vida en pie o caminando. Millones de personas en sus casas “seguras” anidando sueños y otros, avanzando hacia aventuras que los llevaban a otras casas también “seguras”. Porque el caminante que avanza también busca un lugar donde descansar y a veces, quedarse quieto
Jorge Manuel Romero, de veintinco años, había decidido echarse a andar porque estaba cansado de estar en un solo lugar. Con mucho esfuerzo, y por voluntad propia, se había hecho a sí mismo con las oportunidades, que en su momento, se le habían dado. Logró terminar la educación primaria a los trece años y comenzar a estudiar por la noche a la muy avanzada edad de los dieciocho años. Y de allí en adelante no había detenido su camino hasta graduarse de licenciado en educación superior. Sus esperanzas, como la de todos los recién graduados, era conseguir algún trabajo para comenzar a ser útil, de alguna manera, a la sociedad.
La realidad es un trago amargo que tuvo que beber y comprender de un solo. Había sido uno de los mejores alumnos durante la formación, y muchos de sus profesores, le auguraban éxitos resumidos en buenos trabajos, buen sueldo, pero comprobó que eso no era cierto cuando comprendió el corrupto e intrincado sistema educativo en el cual estaba inmerso su país. Para conseguir un buen trabajo debía tener, simplemente, contactos privilegiados. Contactos que le llevaran de la mano hacia ese mundo de bienestar tan cacareado en el sistema educativo. Pero había un problema grandísimo. Él, no tenía contactos de ese tipo.
La corrupción es una de las manchas más grandes de los sistemas, en general, que rigen los países latinoamericanos y en ellos no importan las capacidades individuales más altas, sino los contactos, amigos y padrinos que tengas para alcanzar estatus. Nada más. Ni siquiera importa ser el mejor alumno de un sistema, al final solo hay dos formas de salir de la angustia: adaptarse o irse. Él había optado por irse.
La oportunidad de irse, apenas terminara su preparación como docente, surgió gracias a un amigo de la misma universidad. Aquel, al ir justo por la mitad de la carrera, y al surgir una buena oportunidad había optado por abandonarlo todo y marcharse hacia el país del norte con su recién formada familia. Se llamaba Ignacio Maradiaga, ahora de treinta y dos años, y gracias a una beca de trabajo, laboraba en el estado de los Ángeles, como maestros de educación primaria, tenía su casa en los suburbios de la pequeña comunidad de Burbank, cerca de Pasadena, California.
“Vente” le había dicho al enterarse que su amigo de la universidad no encontraba trabajo. “Por lo menos de lavaplatos encontrarás trabajo aquí”.
Y lo de lavaplatos no era una broma, lo comprobaría con el tiempo. Era licenciado en literatura, capacitado para dar clases en los niveles superiores del sistema educativo de su país, pero nada de eso le serviría, pensaba, en el país del norte. Cada sistema tiene sus propios parámetros y el hondureño en esa rama, nunca ha estado preparado para competir.
Durante su preparación intelectual había logrado reunir cierta cantidad de dinero. Dinero que en la mejor de las circunstancias le hubiera servido como una especie de colchón para esperar las futuras gratificaciones de sus trabajos. Alquilaba un pequeño piso en una de esas colonias fuera de la ciudad y de un día para otro, con lo de la promesa de mejora de su amigo, lo abandonó todo. Tendría, más adelantes sus momentos para arrepentirse, y para felicitarse por dichas decisiones, pero al momento de descender de aquel autobús, el lunes por la tarde, de un lunes de inicios de febrero, pensaba en que encontraría a su amigo de inmediato.
Comprendió que no todo era tan fácil cuando, al buscar en el fondo de los bolsillos de su pantalón caqui, el arrugado papelito donde había apuntado la dirección y el teléfono de su amigo, había desaparecido.

Vagó, durante horas completas tratando de encontrar lo inencontrable en una ciudad tan grande y cuando llegó la noche, comprendió que sus últimos diez dólares no lo iban a sacar de esa.
Al comprobar que el papel doblado, ajado, y hasta sucio con el cual había contado durante toda aquella travesía, desapareciera por consecuencia de un incomprensible y malvado destino se dijo que lo encontraría. Se sentó en el interior de la terminal y dedicó varios minutos, con la esperanza reflejada en las buenas intenciones del destino y el pensamiento positivo, a sacarse todos los objetos de sus bolsillos y hacer una especie de inventario de bienes. Sacó un par de confites algo marchitos en sus fundas de papel, los colocó sobre la mochila, luego fue el turno de varios trozos de propaganda de restaurantes con números telefónicos para “pedir de inmediato y a domicilio”, y también, en una esquina con los números de emergencia de los bomberos y La Cruz Roja más cercana. Éste último volante lo había tomado, de manera casi inconsciente, de uno del restaurante de paso donde el autobús se había detenido para que los pasajeros se aprovisionaran de comida. Lo colocó junto a los confites después de desdoblarlo para comprobar que la diminuta hoja con la dirección no estaba allí, enredada entre los pliegues. Luego, extrajo un par de monedas de veinticinco centavos con las cuales pensaba realizar la llamada a su amigo, si no lograba encontrar la dirección. El teléfono celular comprado, apenas al entrar al estado de Arizona, seguía sin saldo, quizás aquellos diez dólares sirvieran para eso, pero antes tendría que cargar la batería del aparato porque según decía en la caja la batería estaba a un diez por ciento. Mientras buscaba entre las cosas, y sacar los cincuenta centavos en dos monedas de veinticinco, recordó este hecho y de inmediato buscó con la mirada un enchufe en la pared y allá se fue a conectarlo con la venía del guardia de seguridad del local de viajes. Luego volvió a su faena. Sacó su cartera del bolsillo trasero. Trató de recordar si dicha hoja con la dirección podría haber ido a guardarse allí. La revisó por si acaso y lo único interesante allí, además de los diez dólares en un solo billete, estaban sus documentos personales: tarjeta de identidad y licencia de conducir internacional, válida por cinco años. La devolvió al bolsillo trasero. Nada. Absolutamente nada.
Volvió a realizar toda la operación anterior con la mochila, una de esas enormes que utilizan los famosos trotamundos, colocando sobre la banca vacía todas las cosas posibles, excepto la ropa interior que ya llevaba acumulada allí varios días y no emitía, precisamente, un olor muy agradable. Nada. Inútil.
Trató de hacer memoria y recordar cuál, cuándo, había sido el último momento en el cual aquel trozo de papel tomado de una libreta (dejada en su antiguo hábitat), estuviera en sus manos; como sucede siempre, la memoria no le ayudó al respecto.
Lo único que recordaba con claridad, porque había sido un momento importante, era el momento, en el cual tomó un lápiz de su escritorio, escuchaba a Ignacio, del otro lado dictarle la dirección con lentitud e insistir en los números y nombres de calles con lentitud de maestro de escuela ante un alumno demasiado rudo para el aprendizaje:
“Burbank, Norte, Quinta Calle, Calle Dr, Cornell, Casa número 502”
Y el problema era que de todo eso sólo recordaba Burbank Norte, 502. Lo demás era una nebulosa. Nunca había sido bueno para las direcciones, pero sí para los números. Por lo menos sí recordaba el número de teléfono de su amigo. Miró hacia donde estaba el teléfono cargándose. Y luego hacia la pared, donde al entrar, a la izquierda, viera un teléfono de esos que ya casi nadie usaba, colgado de la pared.
“En cuanto llegues a la estación de buses me hablas y voy por ti” volvió recordarlo. Pero, él, durante el trayecto había decidido que ya era demasiada molestia que le recibiera y que él sólo haría el trayecto hacia la casa. Pero ahora, decidió que no podría cumplir con lo primero. Tomó las monedas de veinticinco centavos y con paso decidido cruzo la estancia hacia el teléfono, después de guardarlo todo, eso sí en la mochila y echarle un vistazo más el teléfono que se estaba cargando en la pared opuesta.
Marcó el número de memoria y esperó durante varios segundos a que sonara el tono. Sonó el tono, pero nadie, después de cinco, contestó del otro lado. Volvió a intentarlo, nada. Trató de darle a la situación una explicación racional: era lunes, eran las cuatro y media de la tarde, posiblemente, aún estaban en el trabajo. Según sabía, su amigo y esposa tenían trabajos en distintas partes de la ciudad de Burbank para poder sostener un tren de vida normal. Una familia de tres, como decía su amigo. Lo intentó una tercera vez por si acaso. Nada.
Colgó y regresó a la banca donde tenía la mochila. Las personas entraban y salían indiferentes a todo lo de su alrededor. Una completa falta de cortesía y deseo de convivencia parecía flotar en las nuevas sociedades.
Volvió a intentar lo de la llamada a las cinco, a las seis y a las siete de la noche. A las siete y quince, porque la estación estaba casi vacía, el guardia se le acercó y le sugirió, como amigo, que fuera buscando algún lugar donde pasar la noche.
—En esta calle hay muchos hospedajes. Puede consultar las tarifas en los mostradores de los mismos.
Jorge miró al guardia con cierta extrañeza, como si hasta ahora supiera que tenía que apartarse de aquel lugar.
Esperó algunos minutos más antes de salir del local. Antes, desconectó el teléfono, le metió cinco dólares de recarga e intentó, una vez más con el número de su amigo. Nada. Sólo el tono repetido y al final ni siquiera una orden de dejar mensaje. Miró su capital: cinco dólares y cincuenta centavos. Tenía un poco de hambre, su última comida en regla había sido hacía siete horas.
Tomó su mochila, se la echó al hombro, le dio las gracias al guardia de seguridad de la estación y salió al nuevo ambiente.
La zona de los Ángeles donde estaba la estación se llamaba Sherman Oaks, y el larguísimo bulevar donde estaba la estación llevaba el nombre de Ventura. Un mall mediano estaba justo enfrente, se fijó en el nombre por si en el futuro podía servirle de referencia y luego echó a andar hacia la izquierda, hacia donde le señalara el guardia de la estación.
Las luces brillaban en todos lados. Y le daban al ambiente el aspecto de ciudad amarilla. Las personas, las pocas que vio, caminaban en todas direcciones y cada cual con sus propios asuntos. Vehículos pequeños y grandes avanzaban a intervalos por la ancha carretera de cuatro carriles hacia el este y el oeste y del oeste al este.
Avanzó hacia el oeste con paso inseguro, mirando, de vez en cuando, la pantalla del diminuto móvil. La señal, por las rayitas que subían y bajaban, era muy buena. Intentó un par de veces, más, con el número de su amigo. Nada.
Negocios de todo tipo: comida, ropa, libros, ventas de casas… pasaban a su lado lo que le formó una idea de cuál era la ocupación más importante en el boulevard Ventura: los negocios. Allí no había casas del tipo particular.
Avanzó una cuadra, otra y otra, y otra y mientras dejaba atrás una y otra intentó una y otra vez con el número de su amigo. Empezó a sentir algo de pánico al borde de las diez de la noche, después de dos kilómetros recorridos y marcar continuamente el número en el teléfono móvil.
Pánico porque estaba en tierra desconocida y porque estaba, por lo visto, completamente solo. Su amigo parecía haberse esfumado del único punto de contacto posible.
Se sentó en una banca durante algunos minutos para pensar y recuperar un poco de fuerza. La mochila, por ser única, era grande y pesada. Cualquiera lo tomaría por un simple trotamundos en una aventura hippie. Uno más de los muchos que hay en el mundo. Marcó, la vez treinta, en el móvil y recibió la misma respuesta: vacío. Nada.
Sacó su poco capital y comenzó a decidir si comer o utilizarlo en otra cosa. La otra cosa sería comprar una sábana en alguna tienda de cobijas porque comenzaba a hacer un poco de frío. Vio pasar varias personas a pie enfrente a él quienes a penas lo miraban y seguían con sus vidas. Todos, sin excepción, llevaban abrigos aparentemente muy cálidos y acogedores.
Se levantó y siguió andando, a las once de la noche, comprendió que estaba, de verdad sólo y que tenía que buscar un lugar, por lo menos para esa noche, para dormir. Los precios de los hospedajes eran altísimos y el más barato no bajaba de treinta dólares. Con cinco y cincuenta centavos decidió, por propio bien, buscar una banqueta en algún parque o el cobijo de un puente sobre sus hombros.
Con esta intención, casi a las doce de la noche, cuando los autos comenzaban a disminuir, pero no a desaparecer, se dio la vuelta y dejó de ver, algunos rótulos por los cuales había pasado, según su conciencia del tiempo, hacía mucho tiempo.
Todo ese tiempo, estaba consciente de eso, había caminado en línea recta durante más de cuatro kilómetros.
Al filo de la una de la madrugada comprendió que no había parques a la vista, y mucho menos una banca donde sentarse, pero le pareció ver, allá adelante, quizás a un kilómetro, un puente. Un buen techo para dormir, por lo menos unas tres horas antes de empezar a preguntar por dónde caminar para llegar a Burbank.

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