Capítulo 3
3
Llegó a las doce y
media de la noche (madrugada) hasta el puente que no era más que un paso a
desnivel por encima de seis carriles y por debajo, de la misma anchura. Entró
en él y se enteró que estaba mal iluminado. Sólo había dos focos del lado por
donde él entró y en la vía contraía, dividida sólo por una línea amarilla,
tres. Allí abajo, mientras caminaba por la acerca notó el agradable cambio de
clima. Allí, cubierto por la gran losa de concreto, se sentía, después de
caminar más de cinco kilómetros en línea recta, molido.
Pasó un vehículo a
gran velocidad viniendo por su espalda y se perdió hacía el fondo del bulevar
sin disminuir la velocidad. Lo vio hacerse pequeño entre los miles de luces de
la distancia hasta desaparecer. Luego, otro venía hacia él, por la otra vía,
también se alejó muy rápido por su espalda. Él ni siquiera se volvió a mirarlo
en la distancia. Lo único que quería era descansar un poco, pero suponía que
allí, en la acera del puente no era buena idea por muy calentito que estuviera
el sitio. De pequeño, en el cine de su colonia, había visto, con los ojos
abiertos de emoción aquella película donde Sylvester Stallone, hacía de un
veterano de la guerra que va pasando por un pueblo y un sheriff lo obliga, en
realidad lo sube a su patrulla, a salir del pueblo.
Llegó al final del
paso a desnivel y notó, de inmediato que no estaba tan mal. Allí había una
especie de pequeño parque de tierra donde unos diez árboles de copas altas se
distribuían por una buena porción de tierra. Uno de esos árboles, como si
quisiera asomarse a ver los autos que pasaba, se había adherido a la pared del
final del desnivel y sus ramas se metían unos treinta centímetros sobre la
acera. No lo pensó demasiado. Se metió entre los árboles y subió el pequeño
desnivel que formaba la tierra allí apelotonada y después de unos diez metros,
se sentó al pie de uno de los árboles. Por lo menos, pensó, allí nadie iría a
moverlo, o podría verlo desde la calle porque las ramas bajas lo cubrían.
Se bajó la mochila
de viajero y la colocó sobre la pared de piedras y luego, rendido, se sentó
sobre la grama y luego, buscando el mejor ángulo, acostó la mochila y apoyó la
cabeza sobre ella. Suspiró hondo al sentir el cuerpo caer en reposo. La grama
estaba algo fría por la hora, pero no estaba mal allí, quizás, si nadie lo
descubría, podría dormir hasta el amanecer.
Y sin darse
cuenta, tanto era su cansancio, se quedó dormido casi de inmediato.
Dos horas y media
más tarde, salió del profundo sueño al sentir sobre la frente una helada
sensación. Eran como un piquete muy fino. Abrió los ojos y un líquido helado se
deslizó por sus ojos abiertos. Era de madrugada y una fina llovizna caía sobre
las cosas, sereno le llamaban en su pueblo, y se reunía sobre las hojas para
convertirse en gordas gotas de agua helada.
Sacó el teléfono
de uno de los compartimientos de la mochila y miró la hora: cinco minutos para
la madrugada. Lo volvió a guardar después de verificar si su amigo había
llamado. Nada. Sólo el registro de sus propias llamadas: más de treinta. Tenía
frío y se abrazó a sí mismo. También tenía ganas de orinar.
Orinó en el tronco
de otro árbol a unos cinco metros del cual se resguardaba.
Tenía hambre, pero
sólo tenía, aún cinco dólares y cincuenta centavos, talvez para una hamburguesa
y un refresco pequeño. Miró hacia la lejanía. Algo que había comprobado durante
aquellas largas horas de camino era que abundaban, casi a unos cincuenta metros
de otro, muchos restaurantes de comida rápido. Notó la gran M de McDonald,
amarilla, brillando hacia el norte. Sólo verla le causó nostalgia de llevarse
algo al estómago.
Volvió por la
mochila con paso lento y la levantó. El hambre era mucha y tenía que calmarla.
Se puso la mochila al hombro y comenzó a descender, no por donde había llegado,
sino hacia otra calle lateral después de bajar el declive entre los árboles.
Cuando iba a
llegar a la orilla de la calle vio, como un automóvil, un turismo Nissan Sentra
de color negro, en movimiento abría una puerta trasera y sin detenerse, lanzaba
algo hacia afuera.
El corazón estuvo
a punto de detenérsele cuando vio el cuerpo volar y luego estrellarse contra el
pavimento. Cuando la puerta del automóvil en movimiento se cerró, alejándose
con el acelerador a fondo, tanto que se barrió unos microsegundos, miró la
placa por mirar algo, decía Chicago y terminaba en 09. No supo porque se había
fijado en ese detalle. Volvió la mirada, de inmediato, hacia el cuerpo en el
suelo.
Se quedó quieto
sólo unos segundos antes de decidir qué hacer. Pensó a las dos posibilidades en
juego: acercarse, o alejarse a todo correr del sitio. La segunda opción era la
que su instinto de supervivencia le aconsejaba. Era un simple visitante en
aquel país y verse involucrado, el primer día en la ciudad en algo así lo
marcaría, sin duda, para siempre. Aquella persona, fuera quien fuera, estaba
seguro, ya estaba muerta.
Dicha idea se le
pasó cuando notó, apenas estaba a cinco metros del cuerpo, un leve movimiento
en la cabeza del caído.
No lo pensó más.
Soltó la mochila y corrió, con las piernas como gelatina hasta el cuerpo caído
en forma de feto en las cercanías de la acera. Los faroles amarillos le daban
al cuerpo un color casi amarillo.
Lo primero que
llegó hasta sus fosas nasales fue el olor a hierro oxidado: la sangre. Un
charco de ese líquido estaba formándose debajo del rostro de la persona allí
tirada. El rostro lo tenía hacia abajo y las manos hacia atrás en una extraña
forma.
Jorge se agachó,
trató de identificar al ser humano tirado allí sobre el asfalto y entendió en
primer lugar que se trataba de una mujer. Tenía el cabello negro, apelmazado
sobre la cabeza de donde, brotaba la sangre y caía sobre el charco. Lo segundo
fue mirar las manos atadas y la mordaza sobre los labios y el vendaje sobre los
ojos.
Alguien, había
torturado a aquella mujer y la había tirado allí.
De inmediato, se
agachó y sin temor, ya que había decidido intervenir fue directo a la mordaza
de la boca. Y fue la mejor elección. Le costó desatar el nudo que tenía sobre
el cuello y de inmediato se manchó con la sangre las manos.
—Glu —pronunció la
mujer.
—No se mueva —le
advirtió Jorge tomando con cierta lentitud el rostro de la mujer y poniéndolo
de lado para que pudiera respirar.
La mujer, a la
cual no se le veían las facciones debido al abundante líquido rojo que la
cubría, abrió la boca y aspiró profundamente.
—No se mueva
—volvió a repetirle Jorge— le voy a desatar las manos y los ojos. Pero no se
mueva, por favor.
Lo siguiente que
hizo fue quitarle la venda de los ojos. También estaba tan apretada que tardó
varios segundos luchando con el nudo detrás de la nuca. Al fin lo logró.
Mientras lo hacía, escuchaba las respiraciones dificultosas de la mujer y el
olor a sangre más profundo. Pero, también, ojeaba hacia los lados tratando de
vislumbrar alguna luz, algún auto de madrugada para hacerle señas y detenerlo.
Ayuda.
Se estaba
manchando más y más, a medida que manipulaba aquella venda.
Los ojos de la
mujer quedaron libres. Y de inmediato, con lentitud, y casi sin fuerzas, dos
ojos negros se abrieron y lo miraron.
Las otras ligas
eran las de las manos detrás de la espalda. Se dedicó, con mayor dificultad a
esto hasta que las liberó. La mujer, al verse libre las colocó, ambas, sobre su
vientre. Al final adoptó la postura boca arriba, sobre su espalda.
Jorge notó, sobre
la parte derecha de la cabeza, un bulto. Como si allí el cabello hubiera sigo
elevado unos centímetros y tocó esa parte. De inmediato sus dedos sintieron la
carne viva y comprendió, aunque ella ni siquiera se quejó. Recordó que en esas
zonas no hay células para captar el dolor. Pero, con seguridad, era el lugar de
dónde había brotado toda aquella sangre.
Tomó, con suavidad
la cabeza de la mujer la colocó de manera que descansara sobre el asfalto de
lado, pero con la boca abierta para que pudiera respirar. Notaba su respiración
pausada, lenta. ¿Cuánta sangre se puede perder y no morir? Allí había
muchísima.
—Tranquila —le
dijo, aunque él no se sentía tranquilo— buscaré ayuda.
Al escuchar esto,
la mujer, movió una de sus manos y tomó una de las de Jorge como diciéndole: no
me dejes sola.
—No, no la dejaré
sola —le dijo él.
La mujer, que no
tendría más allá de veinte años, vestía pantalones vaqueros, bajo esa luz
amarilla, se veían grises, y en la caída había perdido un zapato de esos de
tela, de meter. Ahora sólo tenía uno y el otro yacía a pocos centímetros del
pie desnudo.
Jorge levantó la
cabeza, aún con su mano sobre la herida, como tratando de evitar la salida del
rojo líquido y miró hacia los dos lados de la calle. Nada. Aquello era un
desierto de luces y asfalto, y humedad.
Era una situación
extraña, pero de vida o muerte.
En el colegio, de
eso hacía muchos años ya, alguien, un experto en Primeros Auxilios de la Cruz
Roja les había dado consejos prácticos en caso de encontrarse, en el largo
camino de la vida, con la intención de ayudar. Recordó esos consejos ahora,
porque nunca antes los utilizó.
“Lo más peligroso
es entrar en shock, o coma” les dijo el instructor. “Siempre, traten de
mantener consciente a la víctima”
Y
“Siempre detener
las hemorragias: son las más comunes causas del shock”
Los síntomas de un
shock son:
“Inconsciencia,
signos vitales bajos, frío y lo peor: endurecimiento de los músculos”
Al tomar aquella
fláccida mano que la mujer puso en la suya, Jorge sintió el frío que la poseía,
pero, además, notó temblores y como se le tensaban los músculos de los dedos.
“Del shock a la
muerte sólo hay un paso”
“Mierda” pensó
Jorge.
“Cúbranle, a la
víctima, el cuerpo con una frazada, denle masajes fuertes en las extremidades y
sobre todo en el estómago que es donde se concentran la mayoría de vasos
capilares y donde se concentra la sangre como un mecanismo de defensa”
De inmediato, y
sin pensarlo mucho, no tenía tiempo para eso, se quitó la camiseta por sobre la
cabeza y la colocó sobre el dorso de la chica. Y con las piezas: mordaza y
venda de los ojos ensangrentadas, hizo una especie de compresa y las aplicó
sobre la herida abierta. Oprimió con fuerza para contener la sangre y temblando
de frio porque lo único que evitaba que temblara el mismo era la camiseta,
buscó, de nuevo, con la mirada alguna ayuda posible en la forma de un automóvil
o algo parecido en la carretera. Nada.
“Traten de
hablarle con seguridad a la víctima. Nunca mencionarle lo mal que está la
situación, al contrario, decirle algunas mentiras piadosas como, por ejemplo:
estoy aquí, con usted, todo está bien, pronto vendrá la ayuda. No está solo,
sola, estoy aquí. Tranquilo, tranquila”. “Nunca dejen que la persona pierda la
conciencia”
Lo primero,
entonces era mantenerla despierta.
Miró aquel rostro
ensangrentado. Ella trataba de abrir los ojos, pero aquellos insistían en
cerrarse.
—Ma… pa…
Jorge escuchó
aquellas dos sílabas separadas y no entendió nada. Entendió que la muchacha
intentaba decirle algo.
—Estoy aquí —le
repitió sin estar muy seguro de eso— pronto aparecerá la ayuda.
Notó como se le
cerraban los ojos y se estremeció, el mismo por dentro. Acercó su rostro al de
ella y pudo oler, con mayor fuerza, el óxido de la sangre.
—No la dejaré
sola. No se preocupe. Pronto tendremos ayuda.
Notó, entre sus
dedos, de la mano sobre la cabeza, sobre la herida, como la sangre se deslizaba
por allí y comprendió que si no era detenida de inmediato terminaría vaciando
el corazón, las arterias, las venas de la muchacha.
Recordó, casi por
asociación con la muerte, una ambulancia. Una ambulancia era el signo de un
hospital, como una Cruz Roja lo era de la cercanía de la ayuda. Y también,
recordó haberse metido en la bolsa del pantalón un volante con el número de
emergencias escrito en una esquina, justo debajo de la imagen de una hamburguesa
con papas.
De inmediato su
mente se fue hacia el teléfono. El móvil, lo recordaba con toda claridad porque
hacía tan solo un par de minutos lo había mirado para saber la hora y comprobar
si su amigo le había regresado una de las más de treinta llamadas y luego
depositado en una bolsa externa de su mochila. Se volvió a mirar la mochila.
Esta yacía tirada, como un gusano, allá a unos cinco metros sobre la acera.
Ahora él estaba
arrodillado junto al cuerpo de aquella extraña tratando de evitar que se
desangrara por la cabeza y haciéndole creer que todo estaba bien. Y que pronto,
muy pronto, la ayuda estaría allí. Nada más lejos de la verdad.
“Si me muevo, se
suelta la presión —pensó—. Y si sigue sangrando, entrará en coma. Y si entra en
coma morirá. Sin duda”
Era un tipo de
decisión de vida o muerte tal como escuchara en muchas películas o novelas de
ficción. Era una decisión sencilla, pero al mismo tiempo podría tratarse de esa
línea leve entre vivir o morir.
—Mierda
—murmuró.
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